Un hombre estaba sentado en la acera, encorvado, con las
manos escondiendo su rostro y los hombros cubiertos por una manta sucia. Era un
mendigo. Nadie sabía su nombre, solo lo llamaban "viejo Silas".
La mayoría pasaba por él como si fuera parte del paisaje.
Pero en aquella mañana fría, una hermosa mujer se detuvo
frente a él. Vestía un vestido ajustado que abrazaba su silueta con elegancia.
Los tacones altos del mismo color resonaban con firmeza a cada paso. Los
cabellos largos bailaban con el viento de la ciudad, y un perfume discreto que
parecía pertenecer a otro mundo.
Silas levantó los ojos, desconfiado.
—No tengo cambio —murmuró, intentando alejarla con la
mirada.
Ella sonrió. Una sonrisa que no juzgaba.
—No vine a darte cambio. Vine a ofrecerte un almuerzo.
Él se rio, sin humor:
—Excelente. Después del banquete que tuve con el presidente,
voy a querer postre también. Ahora déjame en paz
Ella no se movió. Solo extendió la mano
—Por favor. Solo acompáñame
Un guardia municipal que observaba desde lejos se acercó.
—¿Todo bien aquí, señora?
—Sí —respondió ella, con firmeza dulce—. Quiero solo llevar
a este señor a comer conmigo.
El guardia la reconoció
—¿Está segura? Ese es Silas. Vive por aquí hace años. No es
mala persona, pero... es complicado.
Ella asintió.
—Justamente por eso.
Contra su propia voluntad, Silas fue convencido. Los tres
entraron juntos en un restaurante elegante, con ventanas amplias y camareros
alineados. El gerente vino inmediatamente.
—Señora, con todo respeto... ese hombre... él no puede...
eso perjudica el ambiente.
Ella miró al gerente con gentileza firme.
—¿Conoce la empresa Allure & Co.?
Él dudó.
—Claro... es una de nuestras mayores clientes en eventos
cerrados.
—Pues bien. Soy Helena Diniz. Directora ejecutiva.
El rostro del gerente palideció.
—Lo siento, no sabía...
Ella interrumpió con un leve gesto.
—Ahora sabe. Y espero que sepa una cosa más: la humanidad no
se mide por la apariencia de quien entra, sino por la forma en que somos
tratados al salir.
Se sentaron a la mesa. El viejo Silas seguía en silencio,
sin saber dónde poner las manos. Helena lo miró a los ojos.
—¿Se acuerda de mí?
Él entrecerró los ojos.
—No... su voz me suena familiar, pero...
Ella sonrió de nuevo.
—Hace veinte años, una chica hambrienta entró en este mismo
restaurante. Estaba acurrucada en un rincón, temblando de frío, y sin valor
para pedir nada. Usted era camarero aquí. Y fue el único que me vio.
Él se quedó inmóvil.
—Usted trajo un plato escondido de la cocina. Pagó con lo
que tenía de propina. Y dijo: "Hoy es por mi cuenta. Pero no se olvide:
solo siga adelante."
Silas bajó los ojos. Lentamente, lágrimas se formaron.
—¿Era usted?





























































